Árboles y personas





Las personas y los árboles nos parecemos más de lo que creemos: somos todos distintos a simple vista, pero con grandes similitudes. 
Los hay con distintas edades, formas, alturas... 
Aunque seamos diferentes, todos funcionamos de la misma manera. 
Como los árboles, las personas nacemos, pero nunca dejamos de crecer. Los árboles crecen y crecen hasta que mueren o son talados. Nosotros, aprendemos cosas nuevas cada día, y aunque a partir de una determinada edad dejamos de aumentar de estatura, nuestro intelecto nunca deja de crecer. Todo esto se debe a los momentos que vivimos, ya sean solos o junto con otros individuos. 


Los humanos coleccionamos momentos, mientras que los árboles coleccionan hojas. Hojas y hojas por todas partes y nosotros, recuerdos y recuerdos. Cada vez que acabamos el año, dejamos espacio para nuevos momentos y nuevos recuerdos. Los árboles también dejan espacio cada otoño a nuevas hojas y pasan todo el invierno preparándose para la nueva hornada que llegará en primavera. 

Necesitamos de gente que nos guíe en la vida. Al principio tenemos a nuestros padres, que nos enseñan lo más básico que necesitamos para continuar creciendo. Después se unen a ellos los profesores, con los que empezamos a curtirnos en temas más intelectuales. Y finalmente disponemos de esas personas que, a veces sin quererlo, nos llevan por el buen camino. Pueden ser amigos, hermanos, compañeros de trabajo... 
Pero los árboles también sirven para guiarnos, aunque en un sentido más físico. Aquí en Pamplona es habitual ver árboles que los han transformado en una manera de guiar a los peregrinos en su travesía por el camino de Santiago. Miles y miles de personas habrán sido guiados por este mismo árbol. 

Y todas esas guías las necesitamos para momentos en los que se nos hace difícil seguir, se nos hace difícil hasta ver la luz del sol entre tantos malos momentos y tanta oscuridad. Pero aunque parezca complicado salir a flote en algunas circunstancias, somos conscientes de que las buenas cosas siguen ahí y siguen brillando tanto como siempre. Y como las pequeñas hierbas que crecen a la sombra de los árboles, debemos buscar esa luz para seguir adelante. 


Finalmente, todos los malos momentos, los buenos, los recuerdos, las ayudas que recibimos de las personas que nos guían... hacen que seamos quienes somos. Así, al igual que los árboles, lucimos desde fuera sin que mucha gente sepa lo que guardamos dentro. Solo cuando te fijas bien, aprecias realmente la belleza de las personas y de los árboles.


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